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jueves, 17 de septiembre de 2015

#Día 51: La Paz y Copacabana (Bolivia)

La Paz desde el aire

Copacabana

Escribo esta entrada en mi habitación rodeada de maletas. En dos semanas comienzo una nueva etapa, otra experiencia en el extranjero. Voy a trabajar como au pair en Londres y estudiaré mi último año de la universidad allí. Una gran oportunidad para mejorar mi nivel de inglés, conocer mejor un país con el que ya estoy familiarizada, aprender una nueva cultura gracias a la familia nigeriana con la que voy a vivir... Estoy completamente preparada para este capítulo, cuya historia comienza el treinta de septiembre.  Por otra parte, estoy preocupada porque recibí noticias de que mi querido Chile que hoy sufrió un terremoto de 8,4 grados. Chile, ánimo.

Pero como bien sabéis, todavía no he terminado de contar mi viaje por Latinoamérica con mi mochila. En febrero, después de 51 días de aventuras llegué a la capital boliviana. Fueron muchas horas de autobús desde Uyuni, sin cuarto de baño y poca comida. Los amigos que había hecho, de Chile y España, decidimos hacer un banco en común y compartir todas las provisiones. Ese era el espíritu viajero. 

En la estación todos gritaban diferentes destinos y se negociaba el precio de los boletos. Conocimos a unos argentinos y nos invitaron a desayunar. Marta se iba a Perú y la pareja chilena a otra parte de Bolivia. Nos recomendaron un hostel cerca de la estación, a diez minutos caminando. Llegamos y pagamos cuatro euros más o menos y dormimos en la misma habitación Lorena, Nela y yo. 

Tirada en el terminal de autobuses de La Paz


El hostel estaba plagado de personas, la mayoría de nacionalidad argentina que viajaban con un mínimo presupuesto. En recepción no se dieron cuenta que entró Marta con nosotras y aprovechó para ducharse, le tocaban muchas horas metida en un autobús. Por la tarde bajé a una zona con sofás, mientras Nela y Lorena dormían para hablar con la gente que estaba allí. Conocí a un argentino que había estudiado historia, se aburrió de su trabajo en Buenos Aires y salió hacía ya un año a recorrer mundo con su mochila y solo cien dólares; ahora se financiaba el viaje haciendo malabares en los semáforos. Me gustó que decidiese dar ese cambio si realmente no era feliz con lo que estaba haciendo. 

Fui con una pareja argentina, de cerca de Córdoba, a un mercado que había en la parte alta de la ciudad ese día. Me recomendaron que llevase una sudadera para el final del día. Caminamos hasta el terminal de autobuses y de ahí fuimos al teleférico, viendo La Paz desde el aire. Me llamó mucho la atención que muchos edificios no estaban terminados, una mujer me explicó que muchos no pintan las fachadas para no pagar impuestos. 

Teleférico

Lo primero que hice fue comprar ropa de abrigo. En Bolivia, a pesar de todo lo que se pueda pensar, hace mucho frío cuando el resto de Latinoamérica saca la ropa de verano del armario. Creo que gasté tres euros y me llevé: Una camiseta de manga corta, dos sudaderas, una camiseta de manga larga, unos pantalones, una pasta de dientes, comida y bebida. Aquí todo se negocia y los precios son convertibles, regatear es parte de la cultura. Estaba contenta por tener ropa de abrigo, no una única sudadera ya muy sucia. 

Volvimos al hostel, hacía mucho frío en esa parte de la ciudad y comimos unas empanadas de queso por el camino. Por la noche nos dedicamos a hablar todos en la parte de los sofás, todos llevaban mucho tiempo viajando y de hecho ya se conocían. Llevaban guitarras, malabares, cintas, hacían pulseras... ¿Quién dijo que para viajar hace falta mucho dinero, reservas de hotel y llevar muchas cosas?

Lorena y Nela en nuestro hostel

Lo malo de ese hostel es que estaba muy sucio, uno de los peores donde he estado. El baño sobre todo era sencillamente asqueroso, no era muy agradable todo lo que podías ver allí. Estaba tan cansada que dormí, encima de unas sábanas que dudaba que estuviesen limpias pero me alegré porque Nela y Lorena habían encontrado otro albergue cercano por el mismo precio y mejor. Además llevaron toda la ropa a una lavandería muy barata. Por la mañana nos cambiamos, conocimos otros argentinos y visitamos la ciudad.

La Paz, lloviendo y después granizando

Pateando La Paz


Con Lorena. La escasez de ropa era un hecho porque mi camiseta era de ella.

Con Nela


Por la noche compartimos con los argentinos que habíamos conocido. Cenamos en un restaurante cercano, la combinación boliviana: pollo, arroz y patatas por un euro y medio. Es magnífico el presupuesto que necesitas en este país. Cuando volvimos aparecieron otros chilenos, no recuerdo sus nombres, un boliviano y más argentinos. Me lo pasé muy bien con ellos y nos reímos muchísimo, montamos una buena fiesta improvisada.

Muy cansada por la mañana recogimos nuestras cosas y fuimos al terminal de autobuses para ir a Copacabana. Negociamos el precio, bueno en realidad hablaron Lorena y Nela por el acento chileno, y nos fuimos a Copacabana por dos duros. Llegamos, estaba lloviendo y nos pusimos a buscar otro hostel con precios estudiantiles. Las personas de ese lugar eran bastante desagradables, se ofendían por pedirles ver la habitación antes. Fue desagradable esa situación. Pero volví a reírme cuando de pronto en medio de una calle escuché mi nombre... jamás pensé que pudiese encontrar a una antigua compañera del colegio en medio de Bolivia. Sí, es posible. En medio de la noche, la lluvia y comiendo un helado apareció Sara, una chica de mi pueblo que llevaba años sin ver. En este momento estaba estudiando en Buenos Aires y aprovechó para salir de viaje tal y como había hecho yo. 

Nos quedamos en un hostel que regentaba una mujer con una simpática hija pequeña. Contratamos un tour, por diez euros o un precio parecido, para ir a la Isla del Sol. Estábamos en la orilla del lado Titicaca y debíamos aprovechar. Nos lo pasaríamos genial, pero antes tocaba cenar en la habitación para reducir el presupuesto y de fondo sonaba Los Prisioneros. Adoré pasar todos estos momentos con estas dos adorables chilenas. 

Yo soy Malala. 1,5 euros en Bolivia.

Nela comiendo...

´´Dieta Mediterránea´´









Negociamos en un local para dejar nuestras mochilas. Llovía, pero no importaba porque teníamos muchas ganas de conocer. Fue un buen día, comimos lo que buenamente pudimos y caminamos a pesar del cansancio. Cuando terminamos de ver la isla compramos los pasajes de autobús, yo iba a Puno (Perú) y ellas volvían a Chile. Nos separábamos, después de una semana juntas y pasados muchos momentos. Las iba a echar mucho de menos, pero mi viaje continuaba. En unas horas podría mis pies en Perú.

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